8.7.06

Vince McCaffrey, explica sus doce razones para la muerte de las librerias

En abril de 2004 cerró sus puertas una librería de referencia de Boston. Vince McCaffrey, que había estado al frente de Avenue Victor Hugo durante 29 años, hizo en su momento una referencia al porqué de su cierre (hoy funciona a medio gas como librería virtual). Muchas de sus reflexiones sobre el estado crítico del ecosistema del libro son aplicables a nuestro medio. Porque cuando un mercado entero no está funcionando, es que cada uno de los eslabones de la cadena de valor lo está haciendo mal. Después de un agradecimiento sentido a todos los libreros que, antes que él, habían hecho una aportación al oficio y una sinceras disculpas frente a los que siguen en la barricada y a quienes los apoyan, Vince McCaffrey desgrana sus Doce razones para la muerte de las librerías.

Vince McCaffrey, explica sus doce razones para la muerte de las librerias:


1. La Ley de Impuestos ( y los políticos, los abogados, los empresarios y los economistas que la han creado para su propio beneficio): una ficción legal de compañías con más derechos que cualquier ciudadano individual, que permite a las grandes cadenas hacer ingeniería impositiva y transforma la sana competencia en un chiste mientras transforma el mercado libre en una ruta oscura hacia un capitalismo de cuño desconocido.


2. Los editores que promocionan sus productos con las mismas técnicas usadas para el jabón de lavar o los cereales del desayuno, apuntando a la demografía en lugar de dirigiéndose a personas, buscando los beneficios inmediatos en lugar de considerar el futuro de la industria, ignorantes del arte de la tipografía, del oficio de la encuadernación, de las necesidades y leyes de la revisión, todo ello para hacer un producto adocenado de goma y tintas brillantes. Por ser ajenos a los 500 años de tradición, consiguiendo un resultado devastador.


3. Los compradores de libros: esos que desean la comodidad y el descuento de las grandes superficies, mucho más que lo bien hecho, lo polvoriento o lo único; los que compran libros por el precio en lugar de por el contenido y prefieren el brillo de la fama al matiz de lo bueno. Esos que han creado un mercado masivo para la vulgaridad, lo chillón y lo resplandeciente.


4. Los escritores que venden su alma a cambio de la publicación, los que escriben lo que ya se está escribiendo o eligen lo novedoso por el simple hecho de su novedad, que optan por alimentar las exigencias de los editores en lugar de hacer su trabajo hasta alcanzar la máxima calidad, los que ponen el estilo por encima de la sustancia, y los que carecen tanto de sustancia como de estilo… y aburren tanto a sus lectores que lo empujan en brazos de la televisión.


5. Los libreros que alimentan la demanda artificial creada por los departamentos de márketing con vistas a las ganancias rápidas; los que aceptan que los editores los traten como ciudadanos de segunda clase en la República del Libro; los que sólo recomiendan lo que está de moda en lugar de desarrollar el interés a largo plazo del lector… porque han contribuido a promover la falta de calidad en los contenidos y la muerte de la excelencia del libro.


6. El Gobierno (local, autonómico, central), que aplica impuestos exagerados a la propiedad comercial, echando fuera del ruedo a los negocios más pequeños y marginales, que son la semilla de cualquier empresa futura y el hilo que nos mantiene unidos al pasado, y de esta manera matan la personalidad de las ciudades que se llenan de gigantescas cadenas, unas iguales a las otras.


7. Los bibliotecarios, que alguna vez fueron los guardianes de los libros y hoy sólo miran y controlan sus presupuestos… porque destruyen libros que habrían durado varios siglos más para hacer espacio a discos y cintas que se desintegran en pocos años y en muchos menos se vuelven obsoletas.


8. Los coleccionistas, que han dejado de ser ratones de bibliotecas para convertirse en polillas sólo atraídas hacia lo que brilla; en otros tiempos centinelas de la obra de sus autores favoritos, hoy meros especuladores con el producto efímeros de la celebridad… porque han puesto los libros al mismo nivel que las muñecas Barbie.


9. Los maestros que recomiendan libros tópicos o basan sus recomendaciones en su propia pereza, en lugar de buscar lo mejor. Porque han fallado en pasar la antorcha de la civilización a la próxima generación.


10. Los revisores, que han olvidado el oficio de editar, porque se ponen al servicio del departamento de márketing y persiguen resultados rápidos y un nombre famoso o fácil de reconocer en lugar de buscar la calidad del contenido. Porque le ofrecen a los autores la ganga fáustica de la fama y la fortuna… mientras en público se rasgan las vestiduras.


11. Los críticos, por promover lo que ya ha sido publicitado, por encomiar con exageración a los ya consagrados con el objeto de llamar la atención sobre sí mismos, por hablar con autoridad eclesiástica de lo desconocido… y todo esto para que se les pague por palabra.


12. El público, el que no lee libros, el que no encuentra el momento; esos que viven a la luz temblorosa del televisor y serán los primeros en anunciar apocalípticamente el fin de la civilización… porque no han sido responsables de sus actos.



Vía Con Valor

La pluma invisible del corrector

La pluma invisible del corrector Un interesante apunte de Andrea Estrada (coeditora de la imprescindible Páginas de Guarda) en Página/12, sobre la responsibilidad del corrector de estilo, cuyas virtudes, paradójicamente, sólo pueden mostrarse en una sempiterna negritud.


¿Corrector o corruptor?

Por Andrea Estrada *

A nadie le gusta que lo corrijan, porque corregir es como decir la verdad. Y salvo los chicos, que en general suelen tomar con naturalidad –o indiferencia– los cartelones rojos de las maestras, y los locos –ajenos a todo barbarismo lingüístico, y de los otros–, ni siquiera nuestros parientes aceptarían cambios en sus textos. La otra razón es que, a veces, y aunque parezca paradójico, los correctores operan como verdaderos “corruptores”. ¿Por qué? Porque rebosantes de entusiasmo no pueden evitar caer en la sobrecorrección y la ultracorrección. Si sobrecorrigen, intervienen desacertadamente en los textos ajenos, pues no lo hacen para modificar los errores, sino simplemente por una cuestión de preferencia personal. De la misma manera, si ultracorrigen, también corrigen lo que está bien o, para ser más exacta, realizan una trasposición errónea de la normativa vigente. Es lo mismo que hacen los hablantes cuando para evitar formas como “Pienso DE que es injusto”, suelen decir “Me doy cuenta (DE) que no tengo razón”, quitando el de, que en este caso es correcto. Pero nada de esto invalida el trabajo del corrector, cuya obligación es corregir los errores, aunque algún damnificado se enoje. Quizá la clave para que la corrección no sea vista como un acto soberbio y autoritario, ejercido desde la desventajosa posición de alguien que sabe mucho, pero cuyo conocimiento no sirve para mostrar ni mostrarse, radique en el buen criterio personal para interactuar con editores y autores. Porque corregir es un trabajo oculto, invisible y, por eso mismo, ingrato. Parecido, si se me permite una comparación con el fútbol, al del buen árbitro: debe pasar desapercibido. De allí que muchos escritores consagrados sólo confiesen haberse dedicado a la corrección, a la hora de revalidar su título de “buen intelectual”. Como Rodolfo Walsh, corrector de pruebas de Hachette, Andrés Rivera, o Truman Capote. O incluso Guillermo Cabrera Infante, cuya tarea de corrector de la prolífica escritora española de novelitas rosa –“la inocente pornógrafa”, como él mismo la llamaba– resultaría determinante para su posterior dedicación a la escritura. Este hecho viene a corroborar dos cuestiones: la primera, que no es cierto que a los escritores no se los corrija; la segunda, que a los conocimientos, la minuciosidad y el talento de un corrector tal vez se deba el éxito de una obra, un escritor y un sello editorial. Y si no, pregúntenle a Corín Tellado.

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4.7.06

El libro electrónico busca soportes eficaces

Una feria virtual ofrece gratis a los internautas 300.000 volúmenes digitales durante un mes.

VIRGINIA COLLERA
Madrid EL PAÍS - Cultura - 04-07-2006

Treinta y cinco años después de su aparición, los libros electrónicos avanzan con paso firme, aunque aún discreto. Han conquistado terreno en el ámbito académico y científico, pero la novela se sigue resistiendo. A partir de hoy y hasta el próximo 4 de agosto, 300.000 libros de bits gratuitos estarán a disposición de todo el que quiera acceder a ellos en una feria virtual, www.worldebookfair.com, en la que las bibliotecas Project Gutenberg y World eBook Library Consortia han volcado sus fondos. Los expertos coinciden en que la traba para la implantación de la lectura electrónica no es la incomodidad en la que inevitablemente se puede pensar al imaginarse frente al ordenador leyendo el Quijote (disponible en la feria), sino la dificultad para encontrar soportes eficaces.

Cada vez hay más. Desde que el 4 de julio de 1971 Michael Hart, fundador de la biblioteca virtual Project Gutenberg, colgara el primer texto digital, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, los libros de bits no han parado de crecer. "Colocar libros en la Red se hace todo el tiempo", asegura José Antonio Millán, escritor y gran conocedor de Internet y la edición electrónica.

Y precisamente, las bibliotecas virtuales Project Gutenberg y World eBook Library Consortia, junto a dos tiendas de libros electrónicos, DPP Store y Baen Books, rinden tributo a esos 35 años del libro electrónico con la apertura de una feria virtual (www.worldebookfair.com), que durante un mes (del 4 de julio al 4 de agosto) pondrá a disposición de los internautas 300.000 libros de acceso gratuito -la Biblioteca Nacional tiene en sus fondos 2.256.298 libros-.

La oferta es variada, también los idiomas, que ascienden hasta 100. Entre los fondos de Project Gutenberg figuran nombres de la literatura universal como Arthur Conan Doyle -ayer era el autor más leído (o consultado)-, Leonardo da Vinci o Miguel de Cervantes -el Quijote ocupa el número 78 del top de los libros más descargados-. Los clásicos universales de Project Gutenberg se suman a los más de 250.000 libros -literatura clásica, infantil, ciencia-ficción, audiolibros, documentos oficiales- que almacena en sus baldas virtuales la World eBook Library Consortia, biblioteca de pago que hace una excepción esta vez con el fin de que "todo el mundo pueda acceder a una biblioteca pública a escala mundial".

Formato
"Cada vez hay más iniciativas, como la búsqueda de libros de Google, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, el Monasterio de Yuste también tiene una biblioteca digital", señala Millán. La incomodidad es siempre el argumento que se esgrime. "Es muy incómodo leer en una pantalla", decimos. Sin embargo, ése no parece ser el principal obstáculo que deben sortear los libros electrónicos. "Los que no han prosperado son los artefactos para leer esos libros, estos son los que no acaban de funcionar. En Japón sí que se utilizan, ya hay fabricantes como Sony que hacen los llamados ebooks, que son unos aparatos preciosos y blanquitos", señala Millán. También hay otras propuestas como la tinta y el papel electrónico, es decir, láminas flexibles con letras sobre ellas.

Que los libros electrónicos no hayan prosperado a mayor velocidad, no significa que las nuevas tecnologías y el sector editorial tradicional estén reñidos. El formato electrónico puede no haber conquistado las editoriales que llenan las mesas de novedades o que rastrean el mercado en busca de autores que les brinden un nuevo best- seller, pero hay otros terrenos editoriales, como el científico o el académico que hace tiempo han sucumbido ante los bits.

Publicaciones enteras han migrado del papel a la Red, y sus razones están más que justificadas: Internet les proporciona mayor difusión, mayor control sobre el texto pues, por ejemplo, el usuario puede hacer búsquedas y, además, el medio digital es más barato.

Así pues, de momento, la tecnología y el sector del libro parecen llevarse bien. Los avances tecnológicos no han hecho la mella de la que ahora se lamenta la industria musical y cinematográfica -Ley de Propiedad Intelectual en mano o, simplemente, canon en mano- que, año tras año, publica balances a la baja. "En el libro ordinario, el libro que se basa en ser leído, y es fijo e inmutable, el papel sigue siendo imbatible", asegura Emiliano Martínez, presidente de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Aunque no por eso desdeña la eficacia de la edición electrónica en los campos científicos o académicos. "Los ámbitos donde prima la actualización de la información", matiza Martínez. Y añade que no hay lugar para batallas, la combinación de la edición electrónica y el papel es una respuesta a la realidad.

Según los últimos datos que baraja la federación de editores, en 2004 el 20,6 % de las editoriales que editaban en otros soportes diferentes al papel lo hacían en formato on-line.

En nuestro país, Publidisa es el principal puente entre las nuevas tecnologías y el sector editorial. Con alrededor de 650 clientes, 100 de ellos contratantes de libros electrónicos, ofrecen servicios de impresión a demanda y creación, conversión y comercialización de libros electrónicos. "La temática de los libros que convertimos en electrónicos es variada, pero el contenido al que mejor se adapta es el académico", reconoce José María García, director comercial de Publidisa. "Pienso que es incómodo leer una novela electrónica en la playa, pero no como libro de referencia o de consulta, en el ámbito universitario, donde el PDF y el Word son monedas de intercambio habitual entre profesores y alumnos", agrega García. Y es que los libros electrónicos, alega, tienen sus virtudes: respetan los derechos de autor, su acceso puede ser universal, tienen disponibilidad inmediata, capacidad interactiva y bajos costes de reproducción.

La impresión bajo demanda es otra de las novedades que han traído las nuevas tecnologías. La editorial Herder de Barcelona utiliza desde hace aproximadamente cuatro años este nuevo sistema de impresión. "Intentamos hacerlo con libros que están fuera de catálogo. Primero vemos si tenemos el original, luego que los derechos de autor están en regla", explica María Fernández, responsable del departamento de ventas de la editorial. Asegura que está dando buenos resultados, aunque escasos. "La demanda no es toda la deseada, porque hay mucho desconocimiento; cuando les hablas de esta opción, primero se quedan parados. Y luego piensan que va a ser muy caro, aunque no es así, un libro de 15 euros puede costar unos 18", asegura Fernández.

Los editores son ya conscientes de que las aguas editoriales ya no sólo discurren por los canales tradicionales y conceden y se benefician de las ventajas que ofrece el universo digital. Aunque no sin desconfianza. El programa de búsqueda de libros de Google, que pretende digitalizar libros para permitir efectuar búsquedas en ellos a través de Internet, es uno de los que más recelos ha levantado entre los editores (especialmente, entre los españoles).

Garantías
"Google no garantiza al 100% que se pueda evitar la reproducción total de la obra, y no se compromete a más. Estoy convencido de que se irán perfeccionando las fórmulas para proporcionar información sobre esos libros que están vivos", afirma Emiliano Martínez. De hecho, la federación que preside lanzará en el próximo mes de septiembre un programa dedicado en exclusiva a informar a los usuarios de los 309.000 libros que almacena el conjunto de editores españoles.

En su página web, Millán (www.jamillan.com) reproduce el siguiente fragmento de un cuento de Isaac Asimov. Su protagonista se acaba de encontrar un libro, ¡un libro de verdad! "El abuelo de Margie dijo que cuando era pequeño su abuelo le contó que había una época en que los cuentos estaban impresos en papel. Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo leer palabras que se quedaban quietas en vez de desplazarse". "Hoy nadie en su sano juicio cree que la lectura en papel vaya a desaparecer", escribe Millán aunque, pensándolo bien, "la lectura futura estará repartida entre el libro electrónico y el libro auténtico".

Probar un bocado antes de comprar
"¿Tú crees que alguien se va a leer La saga / fuga de JB en pantalla?", exclama Álvaro Torrente, hijo de Gonzalo Torrente Ballester, cuya obra se va a digitalizar y colgar en la búsqueda de libros de Google. Le parece una estupenda manera de dar a conocer la obra de su padre y, tras valorar los riesgos -"el único es que alguien lea los fragmentos y no se enganche a la obra, nada más"-, los hermanos Torrente y sus editores se han puesto de acuerdo para utilizar la Red como esa gran herramienta de difusión y promoción que es. No son los únicos. De una manera u otra, casi todos los autores se aprovechan de Internet para promocionar sus obras -y sus biografías-.

Por ejemplo, todas las noticias sobre Arturo Pérez-Reverte y su obra se concentran en www.capitanalatriste.com. Hay incluso novelas como Mauricio o las elecciones primarias (Seix Barral), de Eduardo Mendoza, que disponen de web propia (www.mauriciolanovela.net).

"La página nació con la intención de cubrir la información vía Internet, de esa gente que ahora se informa a través de Google", asegura Nahir Gutiérrez, de la editorial Seix Barral. En la página se desmonta la novela: se pueden leer cuatro páginas de la obra, se perfilan los personajes, hay opiniones de los lectores. "Se trata de probar un bocado del libro antes de comprarlo, y la verdad es que funciona muy bien", concluye Gutiérrez.

Clubliteratura, integrado dentro del portal cultural de la Fnac (www.clubcultura.com), ha agrupado a 40 escritores en torno a la maraña de la red de redes. "Los escritores, sobre todo los mayores de 60, no están muy concienciados con Internet. Sí lo están los directores de cine; por ejemplo, Almodóvar estuvo escribiendo un diario de Volver", asegura Ramón Reboiras, director editorial. Aunque todos los autores, muchos de ellos bastante perezosos, participan en mayor o menor medida en sus páginas web oficiales. "Obviamente, de los que ya no están vivos, nos encargamos sólo nosotros", bromea Reboiras.

Fuente: El País - España

El problema de lidiar con palabras de otro

Las relaciones entre escritores y editores, un tema que despierta pasiones inevitables
Consultados por Página/12, Elsa Drucaroff, Fernando Fagnani, Luis Chitarroni, Vicente Battista y Alejandro Horowicz apuntan a la necesidad de un diálogo civilizado y honesto, aunque admiten que nunca es fácil llegar a un acuerdo.
El vínculo entre el autor y el editor puede ser fuente de grandes satisfacciones... y descomunales tormentas.

Por Silvina Friera

Son relaciones un tanto peligrosas y los recelos y la desconfianza mutua parecen inevitables. Los vínculos entre autores y editores nunca han sido fáciles, aunque las partes posen y sonrían para las fotos y en voz alta desmientan los problemas. “Todos los editores son hijos del diablo. Para ellos debería haber un infierno especial”, se quejó Goe-the. Javier Marías, cuando se separó de Jorge Herralde, en 1995, dijo que los editores “son unos ignorantes mercachifles” y los comparó con proxenetas “dedicados a traficar con putas de postín”. Herralde, acaso con resignación, confesó que lleva años dedicándose a “traficar con los egos de los escritores”. ¿Y por casa cómo andamos? Página/12 estuvo sacando los trapitos al sol con Elsa Drucaroff, Fernando Fagnani, Luis Chitarroni, Vicente Battista y Alejandro Horowicz.

La mirada de los otros
“Mi experiencia con los editores fue muy buena”, cuenta la escritora, docente y crítica Elsa Drucaroff. “El caso de Fernando Fagnani es muy especial; me apoyé bastante en él porque por motivos personales me costaba un trabajo afectivo importante el hecho de meterme con los temas de El infierno prometido. Fernando fue leyendo los capítulos y opinando con mucho entusiasmo y de un modo muy generoso. No tuvo ningún problema en sugerirme lo que no le parecía bien y decirme por qué: algunas las acepté y otras no.” Drucaroff sostiene que la literatura es un oficio en el que es fundamental el concepto de intercambio. “Las opiniones de los demás, cuando son constructivas y están tratando de sacar lo mejor de uno, siempre me han servido. El problema es que uno se enamora de lo que escribe y tiene una relación muy poco objetiva con lo que hace. Con su distancia, el otro te ayuda a no tener miedo de tus propias fantasías y te permite encontrar el modo más ordenado de desarrollar algo.”

¿Y el temido y famoso ego del escritor? Drucaroff se entusiasma y responde: “Si el escritor se siente un Vate con mayúsculas y dice: ‘¡Oh, las musas me han visitado y yo hablé’, cualquier observación le va a molestar. No hay editor posible para ese escritor”, plantea. “Este tipo de autor, ideológicamente del siglo XIX, se pierde la maravilla del intercambio grupal.” La autora de El infierno prometido aclara que no está postulando necesariamente que todos los escritores tengan que crear en grupo. “Cuando termino una novela, hago una ronda de lectura entre cinco o seis personas que respeto mucho. Les pido que agarren un lápiz negro y marquen lo que les haga ruido, que me cuenten lo que quieran. Eso no quiere decir que sea obediente: escucharé los comentarios y después decidiré, pero no considero que el trabajo de la imaginación sea intocable. Es un oficio social; estamos contando historias y creando un universo con palabras para los demás, y los demás importan.”

Un golpe de Estado
Puede hablar de un lado y del otro del mostrador. Alejandro Horowicz es autor de los dos tomos de El país que estalló (Sudamericana), tuvo una editorial, Agora, y fue editor de la colección “Espejo de la Argentina”, en la editorial Planeta, y de los primeros tres tomos de Historia crítica de la literatura argentina. Admite que la relación entre escritores y editores es muy complicada. “Desde el lugar del público, el trabajo de un editor no se entiende. Es como un hombre en la sombra, un tipo que ejerce un poder que va desde lo administrativo hasta lo editorial, pero que nunca queda claro por qué puede hacer eso”, subraya Horowicz. “El editor puede ser el mejor amigo de un escritor o su peor enemigo”, sostiene. “Un libro como Revolución y guerra, de Tulio Halperin Donghi, no tuvo editor sino imprentero. Uno se da cuenta por las elaboraciones extremadamente farragosas, el uso inadecuado de los puntos y aparte y un modo de construir oraciones subordinadas que hace que muchas de las afirmaciones terminen resultando extenuantes para el lector. Un editor profesional hubiera podido con pocos señalamientos resolver la cuestión con mucha solvencia y el libro hubiera ganado enormemente.” Horowicz se anima a confesar su experiencia con el editor Luis Chitarroni. “Cuando le entregué lo que a mi juicio era una versión terminada de El país que estalló, él me la devolvió con una cartita en la que me señalaba cómo había que corregir ese original. Durante dos o tres días estuve oscilando entre mandarlo a la puta madre que lo parió, y esto es literal, o hacerle caso. Podía imponer mi propio punto de vista, pero lamentablemente descubrí que tenía razón. Y tuve que reescribir el libro, siguiendo las pautas que él me dio y que ayudaron extraordinariamente a la calidad del texto.”

No siempre el editor es el malo de la película. “También puede ser el héroe. Hay un conocido novelista argentino, cuyos originales son impublicables, y que sólo gracias al trabajo de sus editores se lo puede publicar”, dice Horowicz. De sus años como editor en “Espejo de la Argentina”, cuenta la anécdota de un famoso y prestigioso columnista de un diario tradicional que había entregado, con mucha ilusión, su manuscrito. “Por contrato, tenía capacidad de veto para decir: Esto no va en mi colección”, advierte el autor de El país que estalló. “Cuando leí las primeras cuarenta páginas, me puse pálido, era imposible de publicar, era bochornoso, porque una cosa es escribir 100 líneas mal y otra 240 páginas.” Entre dos personas reescribieron el libro, que finalmente fue publicado. “Un autor una vez me llamó desesperado para decirme: Fulanito me quiere hacer un golpe de Estado en mi ensayo. Y lo peor es que tenía razón, y como todavía estaba trabajando como editor, por suerte pude intervenir y evitar ese golpe de Estado.”

Encender la mecha
Fernando Fagnani es editor desde hace diez años. Empezó en la editorial Norma, pasó por Sudamericana y ahora trabaja en Edhasa. “No creo que sean relaciones tensas y complejas, eso dependerá de cada una de las partes. Lo veo como un vínculo de colaboración, una zona de encuentro entre un editor al que le gusta un autor y un escritor que está contento de que ese editor publique sus libros. Lo que puede haber son discusiones sobre cosas puntuales de la edición de un libro, pero eso es normal”, afirma Fagnani. “El poder lo tiene siempre el autor porque es soberano de su texto. Si no, ¿como leés a Balzac hoy?”, se pregunta el editor. “Un escritor me puede traer un original y le puedo indicar que tiene que hacer veinte correcciones”, explica. “El autor se enoja, lo lleva a otra editorial y se lo publican. Entonces, ¿quién tiene el poder? Hay un libro, pero muchos editores posibles.” Fagnani reconoce que los editores suelen equivocarse y recuerda que cuando empezó en Edhasa quería publicar una breve historia de la literatura argentina, pero se perdió la oportunidad. “Después de hablar con mucha gente, llegué a la conclusión de que la persona indicada era Martín Prieto. Estuve analizando siete meses el proyecto sin ponerlo en marcha. Y cuando me decidí, cuando estaba por llamarlo, me enteré de que había firmado con Alfaguara.”

“Cuando te llega un libro muy bueno, enseguida te das cuenta, y lo que vas a buscarle son las pequeñas zonas con debilidades, que suelen ser muy pocas. Los libros que duran, los que sobreviven al paso del tiempo, son libros de autor, no del editor.” Fagnani cree que hay que desmitificar la cuestión del rol del editor. “Ni Cheever ni Updike ni Roth pasan por el famoso editing estadounidense y entonces entra una hamburguesa y sale caviar”, bromea el editor. “Un malentendido es creer que el editor es una especie de genio en la sombra que digita y modifica todo. Sé que de hecho puede pasar, que hay libros que se arman, pero se olvidan a los ochomeses. El trabajo de un editor no es más misterioso que el de un editor de un diario.” Y agrega: “Un buen editor enciende una mecha, el asunto es no encender la mecha equivocada”.

Matrimonios y algo más
Otro escritor que siempre tuvo experiencias cordiales con sus editores es Vicente Battista. “Nunca me peleé con ninguno, nunca me dejaron con deudas, no me sentí estafado.” No obstante, comenta que las relaciones entre editores y escritores casi podrían compararse con un matrimonio. “Mientras dura, vida y dulzura”, ironiza el autor. “Cada vez que entregué un manuscrito era el texto definitivo, pero eso no impidió que aceptara las sugerencias del editor y que las estudiara. La novela Gutiérrez, a secas tenía otro final, pero un lector de Emecé, en el informe que presentó, señaló que la novela era perfecta, menos las cuatro líneas finales. Me indigné y después me puse a pensar y me di cuenta de que tenía razón y le saqué esas líneas. Le agradezco a ese lector anónimo el final definitivo de mi novela.” El escritor y editor Luis Chitarroni asegura que las relaciones son más tranquilizadoras y sosegadas que hace veinte años, cuando él empezó a escribir y a publicar. “Hay que ser muy cuidadosos con las recomendaciones que hacemos. Siempre que estén razonadas y argumentadas, los autores las aceptan. Pero es cierto también que la intervención del editor no debe ser una intrusión dentro del mundo ficcional del escritor, sobre todo en novelas o en cuentos.” Como escritor, cuenta que siempre agradeció muchísimo los comentarios del editor que le objetaba: “Mirá, ese texto es digresivo y cansador a esta altura”.

“Es una cuestión de argumentación y no de imponer una voluntad sobre el otro”, propone Chitarroni. “Ahora, si ocurre esta imposición, alguno de los dos está en problemas: o el escritor, que tiene un problema de autoridad con el otro, o el editor, que tiene un exceso de intervención en un material que le es ajeno.” El autor de Siluetas y El carapálida estima que la imagen del editor como un señor arbitrario y caprichoso ha sido un tanto magnificada por el cine norteamericano. “Se toma la idea del editor americano como un hombre que tiene una gran fórmula para el éxito. Pero precisamente la narrativa argentina no puede medirse por una cuestión de éxito, salvo alguna novela que lo desmienta.” El escritor y editor cuenta que le llegó un libro ya impreso de un escritor con una carta en la que le manifestaba gran admiración por la obra de Chitarroni. “Cuando lo empecé a leer me dije: ‘Lástima que esa admiración no pueda ser correspondida’, porque cada oración tenía ocho adverbios.” El editor de Sudamericana sugiere que estos errores los hubiera corregido un editor de un diario y advierte que quizás esto demostraría un gran déficit: “El hecho de que haya ahora muchos escritores que no han pasado por la redacción de un diario o que no han tenido una práctica constante de escritura”. El problema para Chitarroni reside en una idea sobrevalorada y falsa de lo que es literario, la creencia de que la imprecisión y la vaguedad son poéticas. “¡No! Por favor, entonces es mucho más poético un tratado quirúrgico que una poesía de un boludo, sentado en un balcón, mirando los malvones y diciendo: ‘¡Ah, qué solo estoy!’.”

Fuente: Página/12 04/07/06

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